top of page

¿Ser o parecer? ¿Estamos juzgando cada vez más a las personas por su valor o por su capacidad de ser aprovechadas?

Hace unos días apareció en la pantalla de mi ordenador un anuncio de un curso en línea para optimizar la manera de presentarse a uno mismo al buscar trabajo. Entre otras cosas, decía: «Sabes lo que puedes hacer. Pero en el momento en que tienes que expresarlo con palabras, suena igual que todo lo demás». Y también: «Ya lo has intentado. Quizás incluso más de una vez. Has contratado sesiones de coaching. Has gastado dinero. Has pasado horas perfeccionando tu frase de posicionamiento y, aun así, sigue sin sentirse bien». Y añadía: «La has reformulado una y otra vez. La has adaptado una y otra vez. Y, sin embargo, cuando alguien te pregunta a qué te dedicas, la respuesta sigue sintiéndose de alguna manera equivocada. No porque no sepas lo que haces, sino porque esa frase no eres tú».


Al parecer, muchas personas sienten hoy que la competencia profesional por sí sola ya no es suficiente. Perciben que no solo tienen que solicitar un empleo, sino también presentarse de manera optimizada, posicionarse estratégicamente y proyectar una imagen lo más adaptada posible al sistema para conseguir siquiera ser vistos. El anuncio revela el lado humano y triste del problema: las personas que buscan trabajo recurren a este tipo de cursos porque sienten que su forma natural de ser ya no es suficiente.


El anuncio en cuestión no parece poco serio ni agresivo; todo lo contrario. Aborda un problema que evidentemente preocupa a muchas personas y existe, claramente, una demanda de este tipo de cursos de autooptimización compatibles con los algoritmos. Quizás valga la pena cuestionar esta situación desde una perspectiva ética. ¿Cómo y por qué hemos llegado al punto en el que la sociedad que hemos creado prácticamente exige este tipo de cursos para «perfeccionar la frase de posicionamiento»?


Vivimos en una época en la que la atención se ha convertido en una de las monedas más valiosas. Las empresas compiten por la atención. Los políticos buscan constantemente captar nuestra atención. Los influencers, que parecen surgir por todas partes, viven de la atención; aunque, en esencia, los influencers tampoco son otra cosa que anunciantes, con la diferencia de que convierten su propia persona, su propia vida o, al menos, la imagen que proyectan hacia el exterior, en parte del propio medio publicitario. Y cada vez más, también las personas corrientes compiten por la atención: en las redes sociales, en las plataformas para encontrar pareja, en LinkedIn y, por supuesto, al buscar trabajo.


Esto, por sí solo, quizá todavía no sería un problema. Se vuelve problemático cuando la visibilidad se convierte en un requisito para la participación económica y social, cuando la competencia por sí sola ya no parece suficiente y las personas empiezan a sentir que no solo tienen que demostrar lo que saben hacer, sino, sobre todo, qué tan atractiva parece su capacidad de ser económicamente aprovechables.


Por supuesto, todos nos presentamos ante los demás de alguna manera. Elegimos conscientemente nuestra ropa, hablamos de forma diferente con los niños que con nuestros colegas y, de hecho, casi nunca mostramos la totalidad de nuestro mundo interior. Eso forma parte de la convivencia humana. Pero hay algo nuevo: cada vez más personas sienten que deben mostrar una versión de sí mismas que creen que parecerá más exitosa, más interesante o más agradable que su personalidad real. No necesariamente porque quieran engañar conscientemente a los demás, sino porque temen que, de lo contrario, nadie las vea y terminen convirtiéndose en perdedoras del sistema. ¿Y no es precisamente aquí donde se encuentra un límite éticamente significativo? La persona no cambia para convertirse en una versión de sí misma que esperamos que sea mejor. Lo que cambia es su representación exterior, mientras se construye y se representa ante un público una versión supuestamente más atractiva de su valor económico y de su capacidad de ser aprovechada, en lugar de permitir que sus verdaderas capacidades hablen por sí mismas.


Esto revela un patrón que va mucho más allá de la búsqueda de empleo. Optimizamos nuestro cuerpo para parecer más atractivos, nuestra personalidad para resultar más interesantes, nuestra biografía para parecer más exitosos y nuestro lenguaje para sonar más profesionales. Al final, el propio ser humano corre el riesgo de convertirse en un proyecto que debe ser mejorado, evaluado y comercializado constantemente. Cada vez se trata menos de quiénes somos y cada vez más de qué versión de nosotros mismos promete alcanzar el mayor valor en un determinado mercado.


Quizás deberíamos hacernos, por tanto, algunas preguntas fundamentales:

¿Por qué la competencia parece ser cada vez menos suficiente?

¿Por qué la visibilidad se está volviendo más importante que la sustancia?

¿Por qué hoy cada persona tiene que convertirse en su propio producto publicitario, en su propia marca?

¿Por qué tenemos que aprender a vendernos constantemente solo para conseguir que alguien nos vea?

¿Y cuándo se convierte la propia autenticidad en una estrategia de marketing?


Esta evolución resulta especialmente preocupante cuando pensamos en los jóvenes. Están creciendo en un mundo en el que el alcance, los «me gusta» y los seguidores parecen ser una segunda moneda, o quizás incluso la principal. Cada día están expuestos a cuerpos perfectamente escenificados, hogares perfectamente escenificados, relaciones perfectamente escenificadas, carreras perfectamente escenificadas y vidas perfectamente escenificadas. Por supuesto, la mayoría de las personas saben que gran parte de todo esto es una puesta en escena. Y, aun así, nos comparamos constantemente. ¿Es esto saludable?


Los jóvenes, en particular, se encuentran en una etapa de la vida en la que su identidad todavía está desarrollándose. Necesitan orientación, estímulo y la libertad de descubrir quiénes son, no vivir bajo una presión constante para adaptarse a un supuesto papel exitoso. ¿No tiene también la sociedad la responsabilidad de preparar a los jóvenes no solo para el mercado laboral, sino también para una vida autodeterminada? Esto requiere alfabetización mediática, pero, sobre todo, la capacidad de distinguir entre el valor real y el mero impacto.


Los «anunciantes» convencionales y los influencers no son el verdadero problema. Son más bien una expresión de un sistema que recompensa económicamente la atención. Algunos actúan de manera responsable, otros menos. Sin embargo, todos ellos dirigen constantemente nuestra atención hacia estímulos que prometen recompensas rápidas y, al hacerlo, activan nuestros sistemas psicológicos de recompensa. Las plataformas digitales ya no son espacios neutrales en los que simplemente pasamos el tiempo: sus algoritmos están diseñados para captar nuestra atención, hacer visibles las recompensas sociales, como los «me gusta» y el alcance, y fomentar así una interacción repetida. Cuanto más se recompensa la visibilidad, más nos sentimos obligados a hacernos visibles y a hacerlo, además, exactamente de la manera que el sistema recompensa. Cuando la atención se convierte en la moneda más importante, surge inevitablemente un mercado de la atención. Cuando se paga por el alcance, se produce alcance. Cuando determinadas características de la personalidad adquieren valor económico, aumenta la presión por presentar esas características de la manera más eficaz posible. Esto nos afecta a todos.


Por lo tanto, la respuesta difícilmente puede consistir en condenar a determinados grupos o en querer abolir las redes sociales. Las empresas necesitan dar a conocer sus productos, las personas que trabajan por cuenta propia necesitan poder explicar qué ofrecen y las buenas ideas también necesitan visibilidad. La verdadera pregunta, por tanto, no es: ¿Cómo ponemos fin a la autopresentación? La pregunta es: ¿Cómo construimos una sociedad en la que una autopresentación excesiva no se convierta en un requisito para la dignidad humana y la participación económica?


Quizás la respuesta comience con un cambio de perspectiva. La buena comunicación sigue siendo importante. Un lenguaje claro y comprensible genera confianza, conecta a las personas y ayuda a evitar malentendidos. Pero existe una diferencia fundamental entre una comunicación comprensible y la autopromoción estratégica. Quizás, a largo plazo, las empresas deberían volver a generar confianza principalmente a través de la calidad, la transparencia y la responsabilidad, en lugar de hacerlo mediante la manipulación psicológica. Quizás las escuelas no deberían enseñar a los jóvenes únicamente cómo presentarse, sino también cómo reconocer la manipulación, pensar de manera crítica y preservar su propia dignidad. Quizás las plataformas digitales podrían recompensar otras formas de éxito: la confianza en lugar del alcance, el diálogo constructivo en lugar de la polarización, la calidad a largo plazo en lugar de la atención momentánea. Y quizás todos podríamos empezar a valorar a las personas más a menudo por su contribución real que por su capacidad de promocionarse de manera convincente y extensa.


Al mismo tiempo, sin embargo, no debemos olvidar que cambiar las reglas actuales del juego también afecta a quienes viven de ellas. Si exigimos una forma más ética de publicidad y comunicación, también debemos pensar en qué alternativas podemos ofrecer a las personas cuyo éxito económico depende actualmente de estos mismos mecanismos. Los influencers, las agencias de publicidad y de redes sociales y otros profesionales han desarrollado capacidades que también podrían ser valiosas en una economía más responsable: comunicación, creatividad, narración de historias, creación de comunidades y la capacidad de llegar a las personas. Por lo tanto, la pregunta no es solo qué queremos eliminar, sino, sobre todo, qué queremos poner en su lugar.


Quizás quienes hoy son especialistas en captar la atención podrían convertirse cada vez más en mediadores del conocimiento, la cultura, la ciencia o el compromiso social. Quizás las empresas podrían aprender a vender sus productos a través de la calidad, la transparencia y unos valores claramente definidos. Quizás las plataformas digitales podrían recompensar otras formas de éxito: la confianza en lugar del alcance, el intercambio constructivo en lugar de la polarización, la calidad a largo plazo en lugar de la atención a corto plazo. Porque si queremos cambiar las reglas del juego, no deberíamos convertir simplemente en perdedores a quienes hoy tienen éxito siguiendo esas reglas. Una transformación ética también necesita ofrecerles nuevas perspectivas y oportunidades realistas para ganarse la vida.


Quizás, por tanto, el verdadero progreso no consista en encontrar constantemente nuevas formas de convertir la atención en dinero mediante la manipulación orientada a las ventas, cueste lo que cueste. Quizás el progreso consista en volver a acercar la creación de valor y el reconocimiento del valor. ¿No sería una sociedad más exitosa y, sobre todo, mentalmente más saludable si las personas recibieran reconocimiento y seguridad económica principalmente porque realizan una contribución genuina y no porque se sienten obligadas a presentarse de manera cada vez más eficaz que los demás para conseguir que algún algoritmo artificial las encuentre?


La ética no consiste en buscar respuestas sencillas. La ética comienza allí donde no solo preguntamos qué tiene éxito, sino también qué sirve al ser humano y a la vida en general. La pregunta central es, por tanto, qué tipo de sociedad queremos construir juntos: ¿una sociedad en la que las personas tengan que convencer principalmente a través de su apariencia exterior, o una sociedad en la que la competencia, la integridad, la responsabilidad y la dignidad humana vuelvan a tener un peso mayor?


Comunicar menos no es necesariamente la solución. Pero ¿no deberíamos simplemente aprender de nuevo a ver a la persona que existe detrás de la representación? Y quizás deberíamos preguntarnos, como sociedad, qué tipo de valor queremos realmente recompensar: ¿el valor que puede venderse y comercializarse de la manera más optimizada posible, o el valor que realmente existe? ¿Queremos seguir recompensando sobre todo las apariencias o queremos volver a dar mayor valor a lo que es auténtico?


Esperamos sus reflexiones y comentarios.


Referencias

References

American Psychological Association. (2023). Health advisory on social media use in adolescence. https://www.apa.org/topics/social-media-internet/health-advisory-adolescent-social-media-use 

European Commission. (2023). Influencer Legal Hub: European consumer law and influencer marketing. https://commission.europa.eu/topics/consumers/consumer-rights-and-complaints/influencer-legal-hub_en 

Fioravanti, G., Bocci Benucci, S., Ceragioli, G., & Casale, S. (2022). How the exposure to beauty ideals on social networking sites influences body image: A systematic review of experimental studies. Adolescent Research Review, 7, 419–458. https://doi.org/10.1007/s40894-022-00179-4 

Fortunato, L., Gullo, S., Muscolino, A., La Tona, A., Rodgers, R. F., & Lo Coco, G. (2026). Relation between social media use and body image concerns and disordered eating in adolescence: A systematic review and meta-analysis. Adolescent Research Review. https://doi.org/10.1007/s40894-026-00285-7 

Montag, C., Lachmann, B., Herrlich, M., & Zweig, K. A. (2019). Addictive features of social media/messenger platforms and freemium games against the background of psychological and economic theories. International Journal of Environmental Research and Public Health, 16(14), 2612. https://doi.org/10.3390/ijerph16142612

Orben, A., Meier, A., Dalgleish, T., & Blakemore, S.-J. (2024). Mechanisms linking social media use to adolescent mental health vulnerability. Nature Reviews Psychology, 3, 407–423. https://doi.org/10.1038/s44159-024-00307-y 

Revranche, M., Biscond, M., & Husky, M. M. (2022). Investigating the relationship between social media use and body image among adolescents: A systematic review. L'Encéphale, 48(2), 206–218. https://doi.org/10.1016/j.encep.2021.08.006 


Lecturas recomendadas

Alter, A. (2017). Irresistible: The rise of addictive technology and the business of keeping us hooked. Penguin Press.

Eyal, N. (2014). Hooked: How to build habit-forming products. Portfolio.

Fogg, B. J. (2003). Persuasive technology: Using computers to change what we think and do. Morgan Kaufmann.



 
 
 

Comentarios

Obtuvo 0 de 5 estrellas.
Aún no hay calificaciones

Agrega una calificación
bottom of page